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El cuerpo expuesto

En mis primeros años de formación artística, el cuerpo aparece como un territorio de exploración. Me interesa su relación con el espacio, sus límites, su fragilidad y la manera en que puede ser fragmentado, observado y expuesto.

La infancia ocupa un lugar central en esta investigación. Represento cuerpos infantiles porque encuentro en ellos una tensión entre belleza y vulnerabilidad: la infancia como momento de descubrimiento y, al mismo tiempo, como una etapa profundamente dependiente del mundo adulto. Me inquietan la violencia, el abandono y la transgresión de esa inocencia.

La referencia a De humani corporis fabrica de Andreas Vesalio acompaña esta aproximación. La tradición anatómica abre el cuerpo para hacerlo visible y convertirlo en objeto de conocimiento. Mi interés se desplaza hacia otra pregunta: ¿qué significa exponer un cuerpo que todavía está construyendo su propia identidad?

La piel adquiere entonces un carácter simbólico. Es límite, frontera y superficie de contacto con el mundo. El cuerpo infantil aparece como un cuerpo abierto a la mirada del otro, todavía vulnerable a las marcas que sobre él pueden inscribirse.

Las reflexiones de Jean-Luc Nancy sobre el cuerpo expuesto, las ideas de Lacan acerca de la construcción de la imagen corporal y la comprensión foucaultiana del cuerpo como espacio atravesado por relaciones de poder acompañan esta investigación. El cuerpo deja de ser únicamente anatomía para convertirse en experiencia, imagen y territorio de relaciones.

Los dibujos y grabados plantean así una mirada sobre la infancia que evita la representación idealizada. El cuerpo aparece suspendido entre inocencia y exposición, entre la necesidad de protección y la posibilidad de violencia.

La pregunta que permanece es sencilla y perturbadora:

¿Qué sucede con el cuerpo cuando quienes deberían protegerlo son también quienes tienen el poder de definirlo, disciplinarlo o dañarlo?

El cuerpo infantil se convierte así en una primera aproximación a una preocupación que atraviesa mi obra: el cuerpo como territorio vulnerable, expuesto y susceptible de ser marcado por aquello que lo rodea.

La tierra aparece en esta performance como materia viva y como extensión del cuerpo. No la concibo como materia destinada a convertirse en objeto, sino como una sustancia elemental que contiene una condición común: aquello que nace de la tierra regresa finalmente a ella.

Tierra a la tierra. Polvo al polvo.

En un jardín abierto, trazo surcos alrededor de mi cuerpo utilizando herramientas propias de la construcción y la albañilería. Las líneas atraviesan el suelo en diferentes direcciones y construyen una cartografía efímera. Cada marca altera el territorio y, al mismo tiempo, señala una ausencia.

La acción se relaciona con mi preocupación por el desplazamiento forzado y la violencia en Colombia. El territorio no representa únicamente un espacio geográfico: contiene vínculos, recuerdos, afectos y formas de pertenencia. Perder un territorio implica también perder parte de la memoria que se construye en relación con él.

El surco funciona como huella y como herida. Es una intervención sobre la tierra que recuerda que todo territorio puede ser transformado, dividido, abandonado o perdido.

Durante la performance, el cuerpo permanece en silencio mientras la tierra es removida a su alrededor. Al finalizar, cubro mi cuerpo completamente con barro líquido. La figura humana deja entonces de aparecer como representación y se convierte en materia.

El cuerpo y la tierra se confunden.

La acción articula conceptos como desplazamiento, nostalgia, pertenencia, vida, muerte, violencia y memoria. El barro funciona simultáneamente como origen y destino: sostiene la vida y recuerda su condición transitoria.

El silencio adquiere aquí una dimensión política y corporal. Frente a aquello que resulta difícil de nombrar, el cuerpo permanece presente.

La performance plantea una relación circular entre cuerpo y territorio: habitamos la tierra, somos transformados por ella y finalmente regresamos a ella.

El cuerpo es territorio. El territorio también tiene cuerpo. Ambos conservan las marcas de aquello que los atraviesa.

La arquitectura de Bogotá se convierte en una superficie visible bajo la cual existe otra ciudad: una ciudad anterior, desaparecida, transformada o marcada por acontecimientos violentos. Mediante cajas de luz y radiografías de mediano y gran formato, los edificios contemporáneos revelan en su interior las arquitecturas que los preceden.

La radiografía funciona como dispositivo para mirar aquello que normalmente permanece oculto.

El edificio deja de ser únicamente estructura y se convierte en organismo. Tiene piel, interior, memoria y cicatrices. Su historia no desaparece completamente cuando la arquitectura cambia; permanece contenida en las capas de la ciudad.

Las imágenes incorporan referencias a acontecimientos que atraviesan la memoria urbana de Bogotá, entre ellos el Bogotazo de 1948, la violencia asociada al Palacio de Justicia y otros episodios de destrucción y transformación arquitectónica. La ciudad contemporánea aparece entonces como una construcción sobre las huellas de aquello que ya no existe.

La obra propone una anatomía urbana.

Así como una radiografía permite observar el interior de un cuerpo sin abrirlo físicamente, estas imágenes permiten observar el interior simbólico de la ciudad. En sus entrañas aparecen edificios ausentes, acontecimientos históricos y memorias que sobreviven bajo nuevas formas.

La arquitectura se convierte así en un cuerpo atravesado por el tiempo.

Me interesa pensar la ciudad no como un escenario donde ocurre la historia, sino como un organismo que recibe, conserva y transforma sus propias heridas.

La memoria se encuentra entonces dentro de la materia.

No siempre permanece visible. A veces se oculta bajo nuevas construcciones, nuevas fachadas y nuevas narrativas.

Radiografía de la memoria propone mirar precisamente ese interior: el espacio donde pasado y presente permanecen superpuestos.

La ciudad también tiene memoria corporal. Sus edificios son cuerpos que sobreviven, se transforman y conservan dentro de sí aquello que ya no podemos ver.

Algunas piezas de esta obras fueron expuestas en la Exposicion colectiva Urbanismos Transitorios en el Centro Colombo Americano en Bogotá, Colombia.

Obra Radiografia de la Memoria.Autor Artista Plastica Bogotana Linda Rocha

ECO-SARDINA continúa mi investigación sobre el cuerpo abierto, pero desplaza su sentido hacia la relación entre materia, naturaleza y vida.

La escultura nace de una acumulación de residuos: durante nueve meses reúno botellas de plástico y cartón para construir una figura de gran escala. El tiempo de acumulación coincide con los nueve meses de una gestación humana y establece desde el origen una relación entre residuo, transformación y nacimiento.

La forma de la sardina establece un vínculo con Murcia y con el imaginario cultural de la huerta y su entorno. Sin embargo, el animal funciona principalmente como un cuerpo-contenedor.

Su superficie transparente permite observar aquello que sucede en su interior.

Dentro de la escultura dispongo macetas con plantas en desarrollo. La pieza se convierte así en escultura e invernadero, cuerpo y refugio, estructura artificial y espacio de crecimiento.

El concepto de cuerpo abierto reaparece transformado. Si en trabajos anteriores el interior del cuerpo revela vulnerabilidad, memoria o huellas de violencia, aquí el interior se convierte en un lugar capaz de albergar vida.

El plástico, asociado a la producción masiva, al consumo y al descarte, cambia de condición. El residuo deja de ser el final de un ciclo y se convierte en materia para construir otro.

La obra se inscribe en una reflexión sobre la economía circular y nuestra relación con los materiales que producimos y desechamos. Pero más allá del reciclaje como práctica, me interesa la posibilidad de transformación: aquello que consideramos inútil puede adquirir una nueva función y convertirse en soporte de vida.

ECO-SARDINA plantea así una inversión simbólica.

La basura construye la piel.

La piel contiene un jardín.

El cuerpo artificial alberga naturaleza.

El desecho se convierte en posibilidad.

La obra continúa una pregunta que atraviesa mi investigación:

¿qué ocurre cuando abrimos el cuerpo y descubrimos que su interior no solamente contiene memoria, heridas o restos, sino también la posibilidad de albergar y proteger otra vida?